Las Cualidades de un Teólogo

Finalmente, luego de haber establecido y esclarecido el propósito, la fuente y la posibilidad de hacer teología, todavía hay algunos asuntos a tener en cuenta para que la tarea de hacer teología se realice de manera correcta.

Una Mente Disciplinada

En primer lugar, el teólogo no necesita ser un genio, pero para ser estudioso de la Biblia se necesita tener las siguientes cualidades personales: (1) Debe tener amor por el aprendizaje y una sed insaciable por las doctrinas de las Escrituras;83 (2) debe ser capaz de organizar el material que estudia y correlacionarlo con lo que ya sabe;84 y (3) debe ser disciplinado a no ir más allá de lo que está escrito y contentarse simplemente con pensar los pensamientos de Dios acerca de sí mismo. Esta última cualidad no solamente requiere de disciplina mental sino también de una humildad intelectual.

Conocimiento de los Idiomas Originales de la Biblia

En segundo lugar, el teólogo debe ser competente en los idiomas bíblicos, incluyendo competitividad asociada a los métodos exegéticos. Al fin y al cabo, la exégesis es fundamental para la teología sistemática, y los idiomas bíblicos originales son fundamentales para una correcta exégesis. John Murray, cuya obra combina magistralmente habilidad en ambos, dice lo siguiente:

La fuente principal de revelación es la Biblia. Por ende, la exposición de las Escrituras es fundamental para la teología sistemática. Su tarea no constituye simplemente la exposición de un pasaje en particular. Esa es tarea de la exégesis. La teología sistemática debe coordinar la enseñanza de un pasaje en particular y sistematizar esta enseñanza bajo los temas correctos… Es evidente cuán dependiente [la teología sistemática] es de la ciencia de la exégesis. No puede coordinar y relacionar la enseñanza de un pasaje en particular sin saber cuál es la enseñanza. Por lo tanto, la exégesis es fundamental para este objetivo.85

En resumen, la teología sistemática construye su estructura con el material que provee la exégesis correcta, y luego, esa estructura sirve de apoyo a exégesis posteriores y viceversa.

Un Afecto Santo Hacia Dios

En tercer lugar, el teólogo debe tener un afecto santo hacia Dios. David capta esta idea en el Salmo 25:14: “La comunión íntima de Jehová es con los que le temen, y a ellos hará conocer su pacto”. Cuando la versión Reina Valera del 60 (RVR60) menciona “comunión íntima”, traduce con bastante exactitud el sentido de sodh, palabra que describe inmediatamente intimidad y confidencialidad;86 La NVI la expresa de esta manera: “El Señor brinda su amistad a quienes le honran”. Esta palabra se encuentra en contextos más explícitos donde se describe revelación. Tal es el caso de Jeremías 23:18, 22 y especialmente Amós 3:7. Por lo tanto, David parece estar afirmando que el temor (o los afectos santos) al Señor está directamente relacionado a una capacidad incrementada para entender la verdad revelada de Dios.87

Además, Pablo sugiere en Romanos 12:2 que para conocer y aprobar la voluntad de Dios, el creyente debe rendirse en sacrificio a Dios y evitar conformarse a este orden impío actual (“mundo”: aion). Como Murray observa, la voluntad de Dios aquí es la “voluntad del mandamiento”, en esencia la voluntad de Dios “que atañe a nuestra actividad responsable en santificación progresiva”.88 Dicho esto, la santificación obviamente requiere que la Escritura sea aplicada y obedecida de manera adecuada (cuyas actividades en sí requieren de un correcto entendimiento y correlación). Por lo tanto, Pablo implica aquí que una vida rendida (un afecto santo por Dios) es un requisito para entender la voluntad escrita de Dios y por ende, para hacer teología.

Opuesto a esto, sin este amor santo hacia Dios y su Palabra, las Escrituras esconden su relevancia y, en consecuencia, la teología sistemática se hace imposible. Strong nos asiste con su conclusión: “Solamente el corazón renovado puede sentir en verdad su necesidad de revelación divina o de entender esa revelación cuando le es dada”.89

Iluminación Divina

Por último, el teólogo debe tener iluminación divina. Él necesita esto, no tan solo para mitigar su depravación inherente, sino también para que pueda apreciar y correlacionar la relevancia del texto a través de su vida. También es importante señalar que este ministerio del Espíritu está ligado a varios medios ordinarios, sumariamente el estudio diligente mencionado hasta aquí. Esto es para decir que la iluminación del Espíritu obra orgánicamente por medio de la mente del intérprete a medida que éste se adentra en el proceso de aprendizaje.90

83 Esto es en especial muy importante porque, como Murray acertadamente comenta: “La teología sistemática nunca es una ciencia terminada y su tarea nunca se completa” (“Systematic Theology”, 6).

84 Reymond, en su listado de lo que llama “las exigencias intelectuales” para llevar a cabo la Gran Comisión incluye de manera similar la capacidad para “la correlación de información de la revelación”, algo que él llama “exigencia didáctica o catequética” (“The Justification of Theology”, 5).

85 Murray, “Systematic Theology”, 17. Existe una relación muy estrecha entre exégesis y teología que resulta difícil de explicar. Los estudios exegéticos forman el fundamento, la estructura y el contenido de la teología. Pero, también existe una “analogía de la fe” lo cual es simplemente el cuerpo de las doctrinas establecidas que no se pueden contradecir o cambiar por un pasaje aislado o una interpretación exclusiva. Como lo observa Moisés Silva, los compromisos teológicos influyen inevitablemente en la exégesis:

No es viable separar la interpretación bíblica de la teología… Muchos eruditos dudan, y hasta niegan, que realmente sea posible usar la Biblia para los propósitos de desarrollar teología sistemática. Desde su punto de vista, los distintos autores bíblicos tenían teologías diferentes y de hecho incompatibles; por lo que intentar tratarlas como una unidad resultaría en una distorsión del texto. (“The Case for Calvinistic Hermeneutics”, en Walter C. Kaiser y Moisés Silva, An Introduction to Biblical Hermeneutics: The Search for Meaning [Grand Rapids, MI: Zondervan, 1994], 259).

Más adelante expresa,

El antiguo consejo de que los estudiantes de la Biblia deberían, siempre que puedan, tratar de acercarse al texto sin una idea previa de su significado (y que por lo tanto los comentarios se deberían leer después y no antes de la exégesis) tiene la ventaja de fomentar el pensamiento individual; además, nos recuerda que nuestro propósito principal es en sí descubrir el significado histórico y que siempre estamos en peligro de imponer nuestro significado en el texto. No obstante, el consejo en esencia tiene sus desventajas porque no es fiel al proceso de aprendizaje. Más bien yo sugeriría que, por ejemplo, un estudiante que se enfrente a un pasaje bíblico con un trasfondo dispensacionalista debería tratar de hallarle sentido al pasaje dando por sentado que el dispensacionalismo es correcto. Yo iría aun más lejos al añadir que si él encuentra un detalle que no parezca ajustarse al esquema dispensacionalista, el estudiante debería tratar de “hacer que se ajuste”. El propósito no es manipular el texto sino llegar a tener conciencia de lo que de una forma u otra todos hacemos. El resultado debería ser que aumente nuestra sensibilidad en cuanto a aquellas características del texto que contrarían nuestro esquema y que a la vez seamos prontos en modificar ese esquema. (263–64. Ver también de Silva “Systematic Theology and the Apostle to the Gentiles”, TJ 15 [1994]: 3–26, especialmente 22, 26).

RVR60 Reina-Valera 1960

86 Cp. Willem A. VanGemeren, “Psalms”, en tomo 5 del The Expositor’s Bible Commentary, Frank E. Gaebelein ed. [Grand Rapids, MI: Zondervan, 1991], 231); Franz Delitzsch, Biblical Commentary on the Psalms (Grand Rapids, MI: Eerdmans, 1963), 1:345.

NVI Nueva Versión Internacional

87 Cp. H. C. Leupold, Exposition of Psalms (Grand Rapids, MI: Baker, 1959), 225. De hecho, el “temor al Jehová (El Señor)” es en esencia la fe viva y salvífica que tenemos.

88 John Murray, The Epistle to the Romans, 2 tomos (Grand Rapids, MI: Eerdmans, 1965), 2:115.

89 Strong, Systematic Theology, 40. Grudem igualmente habla del requisito del afecto santo, colocándolo en términos de oración, humildad, regocijo y alabanza. (Teología Sistemática, 32–35). James Petigru Boyce luego aporta a esta idea del afecto santo enumerando seis características que recoge el espíritu con el cual se debe estudiar teología:

(1) “Con reverencia por la verdad, especialmente la verdad que enseña la Palabra de Dios”; (2) “con oración sincera clamando por ayuda divina”; (3) “con un análisis minucioso del corazón contra el prejuicio”; (4) “con temor, en cuanto a recibir y propagar un nueva doctrina”; (5) “pero con un espíritu dispuesto y deseoso a examinar, y aceptar aquello de lo que estemos convencidos que es la verdad.”; y (6) “con humildad receptiva, la cual, sabiendo que Dios no nos ha enseñado en su Palabra toda la verdad que existe, ni siquiera toda la verdad en muchas cosas sencillas, acepta con fe implícita todo lo que él ha enseñado y espera en su tiempo por una revelación más completa que quitará todas nuestras perplejidades del presente” (Abstract of Systematic Theology [Filadelfia: American Baptist Publication Society, 1887], 6–7).

Hay que puntualizar que debido a la infinidad y la incomprensibilidad suprema de Dios y, por lo tanto, su revelación de sí mismo en las Escrituras, los creyentes siempre tendrán “perplejidades” teológicas. Es decir, que hay ciertos aspectos de la teología que son solamente correlacionados y entendidos desde el punto de vista de lo infinito. Solamente Dios comprende tales verdades.

90 Esto no es para prescindir de la actividad del Espíritu totalmente; más bien, es para señalar que la iluminación es menos directa de lo que a menudo se piensa. Chafer presenta una perspectiva diferente, sugiriendo que la obra del Espíritu es en verdad más directa:

“Aunque… la Biblia está expresada en el lenguaje más simple, su mensaje, en muchos aspectos, trasciende la esfera del entendimiento humano; pero Dios ha provisto la manera de vencer estas limitaciones humanas. El Espíritu de Dios es dado a toda persona salvada como el Paracleto que habita en el creyente, proveyendo así una fuente inagotable tanto para el entendimiento como para la enseñanza” (Teología Sistemática, 1:9).

A simple vista esto parece negar el uso de medios en la iluminación por parte del Espíritu, pero la idea general es bien recibida.

McCune, R. (2018). Teología Sistemática del Cristianismo Bíblico (pp. 17–19). Sebring, FL: Editorial Bautista Independiente.

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