UNA VISIÓN DE LA NUEVA TIERRA

Otro pasaje significativo que describe a la Nueva Tierra es Isaías 60. Aunque no contiene el término Nueva Tierra (como lo hacen Isaías 65 y 66), podemos estar seguros de que eso es lo que Isaías quiso decir porque su preciso lenguaje es usado en la descripción de Juan de la Nueva Tierra en Apocalipsis 21–22. Por lo tanto, Isaías 60 sirve como el mejor comentario bíblico sobre Apocalipsis 21–22.

Al comienzo del notable mensaje profético, Dios le dice a su pueblo en Jerusalén: “La aurora del Señor brillará sobre ti; ¡sobre ti se manifestará su gloria! Las naciones serán guiadas por tu luz, y los reyes, por tu amanecer esplendoroso” (Isaías 60:2–3). El pueblo de Dios va a tener un futuro glorioso en el que participarán las naciones y los reyes de la Tierra y se beneficiarán de una Jerusalén renovada y gloriosa. No será solo algunas naciones, sino todas ellas: “Todos se reúnen y acuden a ti” (v. 4).
Este será un tiempo de gozo nunca visto: “Verás esto y te pondrás radiante de alegría; vibrará tu corazón y se henchirá de gozo” (v. 5). En la Tierra renovada, las naciones traerán sus tesoros más grandes a esta ciudad glorificada: “Te traerán los tesoros del mar, y te llegarán las riquezas de las naciones” (v. 5).

En la Nueva Tierra habrá animales de varias naciones: “Te llenarás con caravanas de camellos, con dromedarios de Madián y de Efa” (v. 6). Las personas redimidas viajarán de lugares lejanos a la Jerusalén glorificada: “Vendrán todos los de Sabá, cargando oro e incienso y proclamando las alabanzas del Señor” (v. 6).

La gente que vive en islas adorarán a Dios, y barcos vendrán desde lejos: “A la cabeza vendrán los barcos de Tarsis trayendo de lejos a tus hijos, y con ellos su oro y su plata, para la honra del Señor tu Dios, el Santo de Israel, porque él te ha llenado de gloria” (v. 9).

La mayoría de nosotros no estamos acostumbrados a pensar en naciones, gobernantes y cultura en el Cielo, pero Isaías 60 es uno de los muchos pasajes que demuestran que la Nueva Tierra en realidad va a ser terrenal.

Isaías habla palabras que Juan aplica directamente a la Nueva Jerusalén (en Apocalipsis 21:25–26): “Tus puertas estarán siempre abiertas, ni de día ni de noche se cerrarán; a ti serán traídas las riquezas de las naciones; ante ti desfilarán sus derrotados reyes” (v. 11).

La opulencia de las naciones será recibida con agrado en la gran ciudad del Rey: “Te llegará la gloria del Líbano, con el ciprés, el olmo y el abeto” (v. 13). Los corazones de las naciones se transformarán en cuanto a sus actitudes hacia Dios, su pueblo y su ciudad. “Ante ti vendrán a inclinarse los hijos de tus opresores; y todos los que te desprecian se postrarán a tus pies, y te llamarán ‘Ciudad del Señor’ ” (v. 14). Dios le promete a la Nueva Jerusalén: “Haré de ti el orgullo eterno y la alegría de todas las generaciones” (v. 15). Este no es un período de prosperidad fugaz sino una condición “eterna”. No será limitado a un tiempo sino que será para “todas las generaciones”.

La Nueva Jerusalén será la beneficiaria de todos los grupos de personas y sus gobernantes: “Te alimentarás con la leche de las naciones, con la riqueza de los reyes serás amamantada” (v. 16). El cumplimiento de todas estas promesas testificará de la grandeza de Dios: “Sabrás entonces que yo, el Señor, soy tu Salvador; que yo, el Poderoso de Jacob, soy tu Redentor” (v. 16). Dios promete algo que todavía nunca ha sido verdad de la Jerusalén terrenal: “Haré que la paz te gobierne, y que la justicia te rija. Ya no se sabrá de violencia en tu tierra, ni de ruina y destrucción en tus fronteras, sino que llamarás a tus muros ‘Salvación’, y a tus puertas ‘Alabanza’ ” (vv. 17–18).

Isaías nos dice entonces lo que Juan conecta directamente a la Nueva Tierra (en Apocalipsis 21:23; 22:5): “Ya no será el sol tu luz durante el día, ni con su resplandor te alumbrará la luna, porque el Señor será tu luz eterna; tu Dios será tu gloria. Tu sol no volverá a ponerse, ni menguará tu luna; será el Señor tu luz eterna, y llegarán a su fin tus días de duelo” (vv. 19–20).

Se nos dice de la Nueva Jerusalén que “nunca entrará en ella nada impuro, ni los idólatras ni los farsantes, sino sólo aquellos que tienen su nombre escrito en el libro de la vida, el libro del Cordero” (Apocalipsis 21:27). Isaías nos dice lo mismo, inclusive usando un lenguaje que no se podría aplicar a la primera Tierra bajo la maldición: “Entonces todo tu pueblo será justo” (60:21). Isaías agrega: “Y poseerá la tierra [erets] para siempre”. La Tierra será de ellos, no por una década o un siglo glorioso o un milenio, sino para siempre.

No hay razón interpretativa para creer que las descripciones de la Nueva Tierra en Isaías 60 serán cumplidas menos literalmente que las que se encuentran en Isaías 52–53. Debido a que las palabras de Isaías acerca de la primera venida del Mesías fueron tan meticulosamente cumplidas, aun en cuanto a detalles físicos específicos, ¿no deberíamos asumir que sus profecías en los capítulos siguientes referentes a la vida en la Nueva Tierra serán también cumplidas literal y específicamente?

El reinado milenario de Cristo puede anticipar el cumplimiento de las promesas de Dios acerca del futuro de Jerusalén. Pero veremos su cumplimiento total solo en la Nueva Jerusalén en la Nueva Tierra, cuando la maldición ya no exista, no haya más muerte y el pueblo de Dios vivirá en la Tierra para siempre.

Alcorn, R. (2006). El Cielo. (R. Monsalve, Trad.) (pp. 71–72). Carol Stream, IL: Tyndale House Publishers, Inc.

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