Introducción
El antisemitismo puede definirse como “la hostilidad hacia el pueblo judío (no todos los semitas)” (Douglas, 1978, p. 50). Aunque el término es moderno tiene raíces profundas en la historia del pueblo hebreo. Desde los tiempos de Ester cuando surgieron acusaciones que constituían un pueblo con leyes distintas que no obedecían las normas del reino persa (Ester 3:8, RV60). Posteriormente en el mundo helenizado en el imperio romano los judíos enfrentaron odio combinado de desprecio y exclusión.
Singer (1901–1906) señala que “el antisemitismo en su sentido moderno tiene sus raíces en el período posterior a la Revolución Francesa, cuando la libertad religiosa se convirtió en dogma aceptado y fue necesario encontrar nuevas justificaciones para oponerse a los derechos civiles judíos” (p. 643). Es importante distinguir entre la persecución religiosa que ha experimentado el pueblo judío por sus creencias y el antisemitismo contemporáneo, que ya no opera sobre argumentos teológicos sino sobre prejuicios étnicos, políticos e ideológicos disfrazados de razón.
Las raíces más profundas del antisemitismo moderno se encuentran en tradiciones cristianas, particularmente en la creencia de que los judíos fueron responsables de la muerte de Cristo y que permanecen bajo un tipo de maldición divina (Mateo 27:25, RV60). El presente ensayo tiene el objetivo de argumentar que el antisemitismo contradice los fundamentos bíblicos, teológicos y argumentativos de la cosmovisión cristiana, y su persistencia dentro del cristianismo se sostiene sobre falacias y disociaciones conceptuales ilegítimas.
Argumento Bíblico Teológico
El llamado de Dios a Abraham marca el fundamento del pacto: Dios lo convoca a dejar su tierra y promete hacer de él una nación grande, bendiciendo a quienes lo bendigan y maldiciendo a sus adversarios, de modo que en Abraham serán benditas todas las familias de la tierra (Génesis 12, RV60). Esta promesa establece un doble propósito: Israel como pueblo receptor de bendiciones divinas, e Israel como instrumento de bendición universal.
La narrativa bíblica describe características únicas de Israel en el plan redentor: la adopción como hijos, la gloria, los pactos, la promulgación de la ley, el culto y las promesas, siendo de ellos los patriarcas y, según la carne, el Cristo (Romanos 9:4-5, RVR60). La elección de Israel se compone tanto de privilegio como de responsabilidad. No es una elección racial sino basada en el pacto abrahámico.
Dios declara a través de Amós: “solo a ustedes he escogido de todas las familias de la tierra; por eso los castigaré por todas sus iniquidades” (Amós 3:2, RV60). Esta tensión revela que la elección conlleva obligaciones al pacto muy específicas.
Sobre esto Williams (2006) comenta:
Dios había elegido a Israel como pueblo especial y único. A Abraham se le había prometido que él sería bendición a todas las naciones del mundo. Los judíos esperaban la renovación de su propio pueblo, pero lo que Dios hace a través de Jesús en el Nuevo Pacto es algo diferente (p.11)[1].
La venida de Jesús produjo un cambio decisivo en cuanto a quienes pertenecían al pueblo de Dios y Mateo enfatiza que Israel fracasó en reconocer a Jesús como Mesías (Mateo 21:42-43). Sin embargo, este fracaso no implica el fin de los planes de Dios sobre la nación. Pablo afirma “[…] ha acontecido a Israel endurecimiento en parte, hasta que haya entrado la plenitud de los gentiles;” (Romanos 11:25, RVR60). Sobre esta tensión del futuro de Israel Bock (2015) comenta:
Pero eso no significa que Israel haya sido dejado de lado. Hay una serie de pasajes que dicen que la casa de Israel estará desolada hasta que diga: “bendito el que viene en el nombre del Señor “de hecho, ese es el lenguaje de Lucas 13:34–35. No se habla de ello a menos que haya una expectativa de que un día sucederá, de que Israel abrazará a su Mesías y, como resultado, volverá a la bendición” (secc. «Israel’s Exile», párr. 2).
Si el plan redentor de Dios con Israel es irrevocable[2] y su elección conlleva un propósito universal, cabe preguntarse cómo es posible que el antisemitismo haya encontrado terreno fértil dentro de la misma tradición cristiana. La respuesta no se encuentra en la teología bíblica sino en una serie de falacias argumentativas[3] que distorsionaron tanto la lectura de las Escrituras como la percepción del pueblo judío.
Las falacias del antisemitismo
Las raíces del antisemitismo contemporáneo nacen en el periodo de la ilustración por medio de pensadores deístas tales como Thomas Chubb, Anthony Collins, Thomas Morgan, Immanuel Kant y Friedrich Schleiermacher. Chubb (1679–1747), por ejemplo, argumenta que:
La ley judía no tenía ninguna relación con el evangelio y argumentó que la preservación de los judíos a lo largo de los siglos no fue milagrosa; fueron preservados porque sus líderes les instruyeron que no se mezclaran con los gentiles. Su creencia de que son el pueblo elegido de Dios es egoísta … (McDermott, 2016, p. 40).
Este tipo de argumentos (ad hominem) atacan directamente a los judíos por sus creencias de que Dios tenía un propósito con ellos. Pero esto no es justificación para el desprecio con el que se les describe. La iglesia posee las mismas creencias de ser un pueblo con propósito divino y es bajo esta misma premisa que los inconversos denuncian a los creyentes de “creerse especial”.
Schleiermacher llevó esto más lejos al pedir que “la eliminación de las Escrituras hebreas del leccionario dominical de la iglesia […] el Antiguo Testamento no tiene ni la dignidad ni la inspiración del Nuevo, y que contiene en cambio el espíritu del pueblo judío […]” (McDermott, 2016, p. 41). Este tipo de argumentos busca denigrar cualquier elemento de origen judío incluso sí se trata del texto bíblico.
Este tipo de falacias se conocen como generalizaciones apresuradas, no distingue entre individuos, épocas ni contextos. En la actualidad es común denunciar o acusar a todo un pueblo por la maldad de sus líderes. En este caso Schleiermacher juzga incluso a los santos del A.T como indignos por el simple hecho de ser “judíos”.
Como otro ejemplo, el filósofo Immanuel Kant (1960) argumenta “el judaísmo se trata de una ley arbitraria, no de una moralidad racional. La elección de Israel es exclusiva y, por lo tanto, «muestra enemistad hacia todos los demás pueblos». La existencia restante del pensamiento judío en la fe cristiana es «el pecado original de la historia cristiana” (p. 117). Como se puede observar Kant descalifica el pensamiento judío por su origen étnico y no reconoce méritos dentro del cristianismo. Incluso lo califica de pecado original (ad hominem).
Pero este enfoque no es ajeno a la erudición moderna, Dunn (2009) escribe sobre el antisemitismo en las búsquedas contemporáneas del Jesús histórico “[…] la erudición bíblica cristiana simplemente reflejaba esa tendencia antijudía, al minimizar o denigrar constantemente la continuidad entre Jesús y su judaísmo natal” (p.217).
Algunos cristianos han construido un caso al rechazó de Israel basado en Mateo 23 acusando al pueblo judío de ser responsable de la muerte del Mesías, de aliarse con el gobierno romano y tomar responsabilidad de la sangre del maestro. Pero este enfoque es un intento de justificar el antisemitismo. Turner (2005) comenta sobre esto:
Desde el propio punto de vista teológico de Mateo, no fueron en última instancia los líderes religiosos corruptos o el débil gobernador romano los responsables de la muerte de Jesús. Más bien, fue el plan de Dios que se cumplió por las acciones de hombres pecadores, tanto judíos como gentiles, para que pecadores de cada grupo étnico pudieran creer en Jesús el Mesías y ser perdonados de sus pecados mediante el derramamiento de su sangre (p. 349).
Nuevamente se comete una falacia de generalización al acusar a todos los judíos sin considerar el contexto del juicio de Jesús y sin identificar los responsables de condenar al Mesías. Resulta significativo como este tipo de generalizaciones ignora por completo la comunidad de judíos que decidió creer y ser la base del cristianismo.
Este tipo de antisemitismo no tiene un interés genuino en describir la relación de Dios o la iglesia con el pueblo judío, es un cúmulo de argumentos que buscan sin justificación bíblica denigrar a un pueblo que a través de los siglos ha sido instrumento de Dios[4]. Incluso en su estado actual, donde por un lado tenemos judíos que han abrazado a Jesús como Mesías y otros que aún se mantienen en incredulidad la Biblia nos insta que el deseo de Dios es la salvación de todas las naciones.
Pablo escribe claramente sobre esto “porque no me avergüenzo del evangelio, pues es el poder de Dios para la salvación de todo el que cree, del judío primeramente y también del griego.” (Romanos 1:16, NBLA).
Disociación de nociones
¿Significa entonces que todo lo que Israel haga como pueblo escogido con propósito es justificable? Algunos extremos de estas ideas no toleran siquiera alguna denuncia del estado o gobierno de Israel, pero es necesario separar la crítica legítima del antisemitismo.
Posada (2010), siguiendo a Perelman, explica que toda disociación de nociones remite a la distinción entre apariencia y realidad (p. 86). Aplicado aquí, el término aparente es que toda crítica a Israel constituye antisemitismo; el término real revela que se trata de nociones distintas: la crítica legítima denuncia actos concretos de individuos o gobiernos con base objetiva, mientras que el antisemitismo es un odio irracional hacia un pueblo por el simple hecho de su etnia.
Entonces la cuestión de esto son los extremos, por un lado, existe un patrón de condena hacia actos injustos de Israel mientras ignoran el terrorismo palestino y el ataque de grupos terroristas de Hamás, ISIS y Boko Haram. Este extremo no distingue víctimas de culpables, todos los judíos son culpables de la muerte de inocentes, no considera que dentro de la nación también existen inocentes que sufren las consecuencias de la guerra.
Por otro lado, es posible criticar a Israel sin necesidad de recurrir al antisemitismo, sobre esto McDermott (2016) comenta “hoy en día, a menudo escuchamos que criticar a Israel no es antisemita. Estamos de acuerdo. También lo están la mayoría de los israelíes, que critican a su propio gobierno gran parte del tiempo”. (p. 328). Entonces el patrón de condenar a Israel de manera desproporcionada mientras se guarda silencio sobre violaciones similares o peores en otros contextos sugiere motivaciones que trascienden la preocupación genuina por derechos humanos.
Por lo tanto, la crítica legítima surge del compromiso con la justicia aplicada universalmente, mientras que el antisemitismo se caracteriza por estándares dobles, silencio selectivo y la reducción de judíos o Israel a símbolos del mal[5]. La preocupación genuina por la justicia no discrimina entre víctimas palestinas e israelíes ambas merecen igual consideración moral.
Objeción y refutación
Se ha normalizado tanto el odio y discriminación hacia los judíos que algunos cristianos afirman: “El antisemitismo histórico dentro del cristianismo (padres de la iglesia, Lutero) prueba que no es incompatible con la fe cristiana”.
Algunos enfoques teológicos sugieren que la iglesia ha reemplazado a Israel en sus planes y propósitos divinos. En su reseña del trabajo de Doukhan, Alfaro (2004) describe cómo este tipo de teología ha reemplazado a Israel por la Iglesia, la sinagoga por la iglesia local y la ley por la gracia, conllevando a una extrema polarización entre cristianos y judíos (p. 112). Sin embargo, ¿creer que la iglesia ha reemplazado a Israel es consecuentemente una razón válida para odiar o desear la eliminación del pueblo judío?.
Lamentablemente para muchos cristianos sí, McDermott (2016) escribe “[…] debemos ser conscientes de que la iglesia ha sido cómplice en la opresión y el asesinato de innumerables judíos […]” (p. 329). Esto refleja que nuestra teología impacta profundamente nuestra ética y relación con la misión de Dios. Independientemente de nuestra hermenéutica y perspectiva de la relación de la iglesia con Israel el odio hacia cualquier nación es completamente incompatible con la misión de Dios.
Jesús antes de ascender pide a sus discípulos no salir de Jerusalén para que reciban la promesa del Espíritu y una vez recibida les declara que “[…] serán Mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra (Hechos 1:8, NBLA). Por lo tanto, la falacia genética que apunta al hecho que en la historia de la iglesia exista la evidencia que cierto número de creyentes y líderes manifestaran un odio hacia Israel impulsado ya sea por su teología o sus prejuicios no significa que esto constituya un modelo para la iglesia.
El modelo de la iglesia es la misión de Jesús de discipular a las naciones con la predicación del evangelio. Los textos usados para justificar el antisemitismo violan sus propias premisas bíblicas y las enseñanzas de Jesús.
Conclusión
El antisemitismo contradice los fundamentos bíblicos, teológicos y argumentativos de la cosmovisión cristiana, y su persistencia dentro del cristianismo se sostiene sobre falacias y disociaciones conceptuales ilegítimas. El análisis argumentativo demuestra que el antisemitismo opera mediante falacias como la generalización apresurada y el ad hominem colectivo, confunde nociones que deben ser disociadas como la crítica legítima y el odio étnico y desconoce los ejemplos concretos que la propia narrativa bíblica ofrece de judíos como instrumentos centrales del plan redentor de Dios.
Se ha demostrado que el odio hacia la nación de Israel no es bíblico. Denunciar las injusticias del gobierno o de ciertos individuos no debe caer en un odio hacia la nación o su pueblo. Si bien el antisemitismo trasciende las fronteras religiosas, resulta especialmente contradictorio dentro del cristianismo, cuya misión es el amor hacia todas las naciones
En conclusión, el creyente no debe olvidar que Jesús fue judío, la humanidad que Dios asumió en la encarnación era humanidad judía. La iglesia que nació en pentecostés era un grupo de judíos que abrazaron la fe en el Mesías. Pablo y Jesús expresaron su amor a la nación y su dolor ante el fracaso de la nación de reconocer el Señorío de Cristo.
Por lo tanto, el antisemitismo es, simultáneamente, un fracaso argumentativo y un fracaso teológico. Los intentos de legitimar el antisemitismo dentro del cristianismo han recurrido a tergiversar las Escrituras de modo que se justifique. Esto refleja una falta de comprensión bíblica de la misión de Dios y su iglesia hacia todas las naciones.
Referencias
Alfaro, G. (2004). Reseña de Israel and the Church: Two Voices for the Same God por J. Doukhan. Kairós.
Bock, D. L. (2015). NT217 Key events and speeches in Acts. Lexham Press.
Douglas, J. D., Cairns, E. E., y Ruark, J. E. (1978). En The new international dictionary of the Christian church. Zondervan Publishing House.
Dunn, J. D. G. (2009). Remembering Jesus: How the quest of the historical Jesus lost its way. En J. K. Beilby y P. R. Eddy (Eds.), The historical Jesus: Five views. IVP Academic.
Kant, I. (1960). Religion within the limits of reason alone (T. M. Greene y H. H. Hudson, Trads.). Harper Torchbooks.
McDermott, G. R. (2016). The new Christian Zionism: Fresh perspectives on Israel and the land. IVP Academic.
Posada Gómez, P. (2010). Argumentación: Teoría y práctica. Introducción a las teorías de la argumentación. Universidad del Valle.
Singer, I. (Ed.). (1901–1906). The Jewish encyclopedia: A descriptive record of the history, religion, literature, and customs of the Jewish people from the earliest times to the present day (Vol. 1). Funk & Wagnalls.
Turner, D., y Bock, D. L. (2005). Cornerstone biblical commentary, Vol. 11: Matthew and Mark. Tyndale House Publishers.
Williams, M. C. (2006). Teología de evangelización y misión en el Evangelio de Juan. Kairós.
[1] Las expectativas de una restauración étnica y territorial persiguen incluso en la ascensión de Jesús a los apóstoles, quienes preguntan: «[…] ¿restaurarás en este tiempo el reino a Israel?» (Hechos 1:6, RV60). Los apóstoles tenían una base en el Antiguo Testamento para aún esperar el cumplimiento de las promesas de restauración. La respuesta de Jesús es significativa: «no os toca a vosotros saber los tiempos o las sazones que el Padre puso en su sola potestad» (Hechos 1:7, RV60). Jesús no rechaza las expectativas, sino que las orienta a esperar el cumplimiento.
[2] Se entiende que el contexto de Romanos 9-11 no se refiere a la salvación o elección de individuos sino a la elección corporativa de la nación de Israel.
[3] Aunque algunos pudieran acusar esta perspectiva de ser exclusivamente dispensacional, la creencia en una futura restauración espiritual de Israel, aunque no siempre terrenal es compartida por diferentes enfoques hermenéuticos. En todo caso, aun en los extremos donde no se afirme lo anterior, ninguna postura hermenéutica legítima justifica el odio hacia un pueblo.
[4] El papel de Israel como instrumento de Dios no implica impecabilidad. La Biblia es honesta en señalar los pecados de la nación, así como la iglesia tampoco ha sido inmune a errores históricos graves. Los fallos de ambas comunidades no eliminan su propósito ni su llamado divino.
[5] Es importante señalar que existen perspectivas que buscan justificar todo acto del gobierno de Israel como voluntad divina, hay que distinguir lo que constituye un apoyo político a la nación de lo que es una creencia teológica de lo que Dios hará con la nación en un futuro.
Escrito por Joel Rivera

