Parusía: presencia, no descenso inmediato

La parusía no debe entenderse únicamente como un momento puntual en el que Cristo “viene”, sino como el inicio de su presencia continua y eficaz.[1] El propio término permite esta comprensión y ayuda a explicar que, tras el arrebatamiento, Cristo permanece con su pueblo de manera verdadera, aunque todavía no visible para el mundo (cf. Mt 24:27).[2] Por eso Pablo afirma que los creyentes son arrebatados “para encontrarse con el Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor” (1 Ts 4:17), destacando la permanencia de esa comunión más que un descenso inmediato a la tierra. Esta idea se refuerza con la palabra “encuentro” (apántēsis), que no describe necesariamente un retorno inmediato, sino el acto de salir a recibir a alguien que llega y permanece presente.[3] En 1 Tesalonicenses, el énfasis no recae en una manifestación pública del Señor en ese momento, sino en el inicio de una presencia escatológica continua, en el marco del día del Señor (1 Ts 5:2-4).[4] El arrebatamiento, por tanto, inaugura una etapa de presencia real, aunque todavía velada.

El Nuevo Testamento emplea otros términos para describir fases complementarias de esta misma venida. La epifanía[5] enfatiza la manifestación visible y gloriosa de Cristo (2 Ts 2:8; 1 Ti 6:14), mientras que la apokálypsis [6] subraya el acto de revelación de aquello que hasta entonces permanecía oculto (1 Co 1:7; 1 Pe 1:7). De forma similar, los Evangelios usan el verbo erchomai (venir) para describir la venida visible del Hijo del Hombre “sobre las nubes del cielo” (Mt 24:30), señalando el momento en que esa presencia, antes velada, se hace plenamente manifiesta ante el mundo.[7]

Así, estos términos no describen eventos desconectados, sino dimensiones complementarias de una misma realidad escatológica: la parusía como presencia, el arrebatamiento como inicio de esa presencia para los creyentes, y la aparición como su revelación pública y gloriosa en el desarrollo pleno del día del Señor.[8]

El día del Señor como un evento cercano

Debe afirmarse que el día del Señor es un acontecimiento futuro y aún no ha comenzado, como lo confirma el hecho de que los elementos que lo caracterizan —la apostasía y la manifestación del hombre de pecado— todavía no se han producido (2 Ts 2:2-3).[9] En este sentido, el sermón de los Olivos articula de manera coherente los signos, ayes y dolores que los profetas ya habían asociado al día del Señor, retomando imágenes proféticas como el “principio de dolores” presente en Isaías y Jeremías, así como el desarrollo completo de la última semana de la profecía de Daniel, particularmente en torno a la abominación desoladora (Mt 24:4-15; cf. Is 13:6-13; Jer 30:5-7; Dn 9:27; 12:1).[10] Cuando estos acontecimientos comiencen a manifestarse, el día del Señor se desplegará en su dimensión teofánica progresiva, hasta que el Señor —quien hasta entonces permanece velado— sea plenamente revelado. La metáfora de la mujer encinta ilustra esta dinámica: los dolores anuncian el proceso, pero el día de la aparición corresponde al momento del alumbramiento, cuando la presencia divina sale a la luz de manera manifiesta (Mt 24:8; 1 Ts 5:2-3).[11]

El libro de Apocalipsis confirma esta realidad al presentar a Jesucristo actuando activamente dentro del marco del día del Señor, particularmente mediante la llamada “ira del Cordero” (Ap 6:16-17), expresión que une de forma explícita la obra judicial de Dios con la persona del Hijo. Al mismo tiempo, Apocalipsis sostiene un énfasis constante en la inminencia de estos acontecimientos, al declarar que las cosas reveladas “deben suceder pronto” (Ap 1:1), que “el tiempo está cerca” (Ap 1:3), al reiterar la venida cercana del Señor (Ap 22:7, 12, 20) y al incluir la advertencia de vigilancia asociada a su venida en medio del juicio (Ap 16:15). En conjunto, el libro de Apocalipsis muestra cómo el día del Señor se integra con la parusía de Cristo y conduce progresivamente a la consumación final de todas las cosas, donde el juicio, la redención y el reino alcanzan su pleno cumplimiento.[12]


[1] Para un análisis léxico de la palabra parousía, recomiendo el video de Abiezer Querit Díaz, “Parusia: Más allá de la Segunda Venida de Cristo”, disponible en YouTube: https://www.youtube.com/watch?v=8gRAwpFjg7E (consultado el 7 de enero de 2026).

[2] Whitlock sostiene que Mateo 24:27 debe leerse a la luz del patrón veterotestamentario de la teofanía judicial, en el cual la presencia divina se manifiesta mediante luz y poder, a la vez que permanece parcialmente velada. Este patrón se refleja en textos que vinculan la revelación de Yahvé con juicio y manifestación cósmica, donde Dios se muestra envuelto en truenos, relámpagos y nubes, revelando su gloria mientras permanece oculto (Ex 9:23-24; 19:16-19; 20:18-21; Dt 4:11-12; 5:22-23; 32:39-41; 33:2; Job 36:26-33; 37:1-5; 38:1; Sal 18:7-14; 29:3-10; 97:2-5; Is 2:11; Hab 3:3-5; Ez 21:10; Os 6:5; Am 5:9). Desde esta perspectiva, la parousía del Hijo del Hombre en Mateo 24:27 puede referirse al inicio de su venida, entendida no como un acto singular reducido a un momento, sino como una presencia escatológica reveladora de juicio, coherente con el uso neotestamentario del término como presencia activa (Mt 24:3, 27, 37, 39; 1 Co 15:23; 1 Ts 2:19; 3:13; 4:15; 5:23; 2 Ts 2:1, 8; Stg 5:7-8; 2 P 1:16; 3:4, 12; 1 Jn 2:28). Whitlock, The Coming of the Lord as an Extended Unified Complex of Events, 200.

[3] Con frecuencia se ha afirmado que el término apántēsis en 1 Tesalonicenses 4:17 posee un significado técnico que describe la recepción formal de un dignatario, en la cual una delegación sale a su encuentro para luego escoltarlo de regreso a la ciudad. Sin embargo, como señala Kevin D. Zuber, esta interpretación se apoya casi exclusivamente en el influyente estudio de Erik Peterson (1929–1930), “Die Einholung des Kyrios”, y no en un análisis amplio del uso del término en la literatura griega antigua. Estudios posteriores muestran que apántēsis se emplea mayormente para describir encuentros en general, sin implicar necesariamente un retorno inmediato, y que los otros usos del término en el Nuevo Testamento (Mt 25:6, 10; Hch 28:15) no encajan con el supuesto sentido técnico. Por tanto, en 1 Tesalonicenses 4:17 el término no exige que Cristo y los creyentes regresen inmediatamente a la tierra, sino que enfatiza el encuentro con el Señor y la comunión permanente con Él. Kevin D. Zuber, “1 Thessalonians,” en The Moody Bible Commentary, ed. Michael A. Rydelnik y Michael Vanlaningham (Chicago, IL: Moody Publishers, 2014), 1887–1888. Aunque en el siglo XX se propuso que la parusía de 1 Tesalonicenses 4 refleja el protocolo cívico helenístico de la visita de un emperador (Deissmann; Peterson), esta explicación ha sido ampliamente matizada. Como señala Joseph Plevnik, el pasaje no describe a los creyentes escoltando al Señor de regreso a la tierra, sino al Señor actuando soberanamente para llevar a los fieles a estar con Él de manera permanente, empleando un lenguaje marcadamente teofánico y escatológico, más cercano a la tradición judía (apocalíptica) que a un modelo cívico imperial. Joseph Plevnik, What Are They Saying about Paul and the End Time?, rev. ed. (New York; Mahwah, NJ: Paulist Press, 2009), 77–81. En contra de esta posición, una defensa reciente del modelo adventus ha sido propuesta por Darrell D. Hannah, quien sostiene que Pablo presupone el retorno inmediato de Cristo a la tierra conforme al protocolo cívico helenístico, aun cuando el texto no lo explicite; sin embargo, esta lectura continúa siendo cuestionada por estudios que subrayan el carácter teofánico, escatológico y no cívico del lenguaje de 1 Tesalonicenses 4:13–18. Darrell D. Hannah, “The Parousia of the Lord in 1 Thessalonians 4:13–18 as an Adventus,” Journal for the Study of the New Testament, OnlineFirst (2025). Para una evaluación más balanceada que reconoce la combinación de elementos apocalípticos judíos y posibles influencias helenísticas en la escatología de 1 y 2 Tesalonicenses, véase Sydney E. Tooth, Suddenness and Signs: The Eschatologies of 1 and 2 Thessalonians (PhD diss., The University of Edinburgh, 2019).

[4] Es muy probable que la referencia de Pablo al día del Señor como “ladrón en la noche” en 1 Tesalonicenses 5:2-3 refleje, principalmente, una conexión con los dichos de Jesús y, de manera implícita, una alusión a Joel 2:9. Véase Fee, Primera y segunda carta a los tesalonicenses, 219; David Luckensmeyer, The Eschatology of First Thessalonians, Novum Testamentum et Orbis Antiquus / Studien zur Umwelt des Neuen Testaments 71 (Göttingen: Vandenhoeck & Ruprecht, 2009), 209; y Jordan Atkinson, “Paul’s Overlooked Allusion to Joel 2:9 in 1 Thessalonians 5:2”, Themelios 45, n.º 1 (2020): 74–83. Asimismo, este mismo motivo aparece en 2 Pedro 3:10; Apocalipsis 3:3 y 16:15, donde se emplea para subrayar el carácter repentino e inesperado de la intervención divina.

[5] Epifáneia es un término griegoquese refiere a una manifestación visible y frecuentemente repentina de una realidad divina previamente oculta, y en el Nuevo Testamento se emplea casi exclusivamente para describir la aparición gloriosa de Cristo, enfatizando su revelación pública y poderosa más que un simple “llegar” (cf. 2 Ti 4:1, 8; Tit 2:13). BDAG, 385.

[6] Para un tratamiento exhaustivo del término apokálypsis, véase Gerhard Kittel, Gerhard Friedrich y Geoffrey W. Bromiley, Compendio del diccionario teológico del Nuevo Testamento (Grand Rapids, MI: Libros Desafío, 2002), 401–407.

[7] Para una mejor comprensión de cómo estos términos pueden emplearse tanto de manera intercambiable como diferenciada —en particular el uso de erchomai para enfatizar la manifestación gloriosa de Jesús en la tierra—, véase Whitlock, The Coming of the Lord as an Extended Unified Complex of Events, 182–186.

[8] Craig Blaising señala que en el discurso del Monte de los Olivos las expresiones “ese día”, “la hora”, “la venida del Hijo del Hombre” y el “día del Señor” no describen eventos distintos, sino el mismo acontecimiento escatológico considerado desde diferentes perspectivas. En Mateo 24–25, la parusía del Hijo del Hombre se identifica con la llegada de “ese día”, mostrando que el “venir” del Señor no se limita a una aparición puntual al final del período, sino que abarca todo el proceso de juicio divino. Así como en el Antiguo Testamento el día del Señor era entendido como “el día de su venida” (Mal 3:2), el día completo constituye la intervención activa de Dios en juicio, comparable a una campaña militar cuya totalidad —y no solo su entrada triunfal final— representa la venida del general. Blaising, “A Case for the Pretribulation Rapture,” 49–50.

[9] Buist M. Fanning (DPhil, Universidad de Oxford), comunicación personal por correo electrónico con el autor, 17 de julio de 2024. En dicha conversación, Fanning señaló que 2 Tesalonicenses 2 no establece una secuencia temporal estricta, sino que describe las condiciones que caracterizan la presencia del día del Señor. Argumenta que la elipsis verbal en el v. 3 debe suplirse a partir del v. 2 con el perfecto enéstēken, el cual en el NT suele denotar un estado presente (“estar presente”) más que una llegada temporal. Asimismo, indica que el adverbio “primero” (prōton) tiene un sentido de prominencia o claridad inequívoca, no necesariamente cronológico, reforzando la idea de que, si no se manifiestan señales evidentes como la apostasía y la revelación del inicuo, el día del Señor no puede estar presente, en coherencia con la enseñanza paulina previa (cf. 1 Ts 5:9).

[10] Stefanos Mihalios explica que la expresión “tiempo de angustia” [et tsará] en Daniel 12:1 retoma la teología de Jeremías 30:7, donde el juicio divino, aunque devastador, tiene un propósito redentor. Ambos textos presentan una aflicción sin precedentes que culmina en la liberación del pueblo de Dios. Esta angustia escatológica, según Mihalios, actúa como medio de purificación, en paralelo con Daniel 11:35 y 12:10, y anticipa la vindicación final de los justos. Stefanos Mihalios, The Danielic Eschatological Hour in the Johannine Literature, ed. Mark Goodacre, vol. 436, Library of New Testament Studies (London: Bloomsbury, 2012), 27–30.

[11]Véase Craig A. Blaising, “A Rejoinder,” en Three Views on the Rapture, 106–108.

[12] Para un estudio ampliado y sistemático del día del Señor como eje teológico del libro de Apocalipsis, véase Jared M. Quirk, The Day of the Lord as the Unifying Theme of John’s Revelation (PhD diss., Liberty University, John W. Rawlings School of Divinity, 2025).

Alfredo J. Velázquez, Doctrina Sistemática: Una Lectura Teológica Dispensacional, vol. 2 (Independently Published, 2026), 192–197.