LA TIERRA NO ERA EL EDÉN

La primera observación se aprecia con toda claridad en el texto bíblico, pero de alguna manera muchos la han pasado por alto: No todo el mundo era el Edén. Es importante dejar claro que el Edén no era toda la creación terrenal, sino una pequeña parte de la misma. Esta distinción será importante en futuros capítulos. El texto nos dice esto de diversas maneras.

El Edén era realmente una pequeña parcela en la tierra. Su ubicación queda circunscrita por marcadores geográficos (Gn 2:8–14). En el ultimo capítulo vimos que el consejo ugarítico se reunía en un jardín situado en la intersección de dos ríos (“en medio de las fuentes del doble abismo”). El Edén se describe con cuatro fuentes de agua:

10 Y salía de Edén un río para regar el huerto, y de allí se repartía en cuatro brazos. 11 El nombre del uno era Pisón; éste es el que rodea toda la tierra de Havila, donde hay oro; 12 y el oro de aquella tierra es bueno; hay allí también bedelio y ónice. 13 El nombre del segundo río es Gihón; éste es el que rodea toda la tierra de Cus. 14 Y el nombre del tercer río es Hidekel; éste es el que va al oriente de Asiria. Y el cuarto río es el Éufrates (Gn 2:10–14).

Esta descripción por sí sola ya nos indica bastante claramente que la tierra no era el Edén. Tenemos, además, otros indicadores.

En Génesis 1:26–27 Dios hizo a la humanidad como reflejos de su imagen, sus representantes en este nuevo dominio. Este punto de vista funcional de la imagen se observa más nítidamente en los mandamientos del versículo 28:

Y los bendijo Dios, y les dijo: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra.

Obsérvese que el versículo 28 dice que la tierra necesitaba ser poblada. Esto no se refiere al Edén. El jardín del Edén ni siquiera ha aparecido todavía en la historia del Génesis. Se le menciona por primera vez en Génesis 2:8:

Y Jehová Dios plantó un huerto en Edén, al oriente; y puso allí al hombre que había formado.

El jardín del Edén se nos dice que está al este. Esta palabra nos informa de que había otros lugares en la tierra. Dios “plantó” este huerto. Sabemos por Génesis 1 que la tierra seca (llamada “tierra”) ya existía. Así tenía que ser para que Dios plantara un huerto en ella al oriente.

Génesis 2:15 también es interesante en este sentido. El hombre que Dios había hecho es colocado en el huerto por una razón: “Tomó, pues, Jehová Dios al hombre, y lo puso en el huerto de Edén, para que lo labrara y lo guardase”. La labor del hombre consiste en cuidar el huerto. Antes, en Génesis 1:28, su cometido era “fructificar y multiplicarse; llenar la tierra, y sojuzgarla, y señorear.…” Por supuesto que el hombre necesita una mujer para eso, pero esta ni siquiera ha sido creada todavía en Génesis 2, cuando Dios coloca al hombre en el huerto. El cultivo del huerto y sojuzgar la tierra no son la misma tarea.

Génesis 1 y 2 no pretenden ser una secuela cronológica. Lo que revelan es que la labor original del hombre era cuidar del huerto, donde vivía (Gn 2). Tras serle dada una pareja (Gn 1), Dios les dice a ambos (los mandatos están en plural en hebreo) que fructifiquen, se multipliquen, llenen la tierra, la sojuzguen y señoreen sobre sus criaturas.

Podemos ver que las tareas de la humanidad, tomadas conjuntamente con las observaciones anteriores de que Edén y la tierra son distintos, diferencian entre el Edén y la tierra. No tiene ningún sentido sojuzgar el huerto de Dios, pues ya es lo que Dios quiere que sea. No hay ningún otro lugar como él en la tierra. Si fuera necesario sojuzgarlo, eso implicaría imperfección, y eso es algo que no se puede decir acerca del Edén, aunque sí es cierto en cuanto al resto del mundo. Es verdad que Dios estaba contento con toda la creación. Él mismo dijo que era “bueno en gran manera” (Gn 1:31). Pero “bueno en gran manera” no es lo mismo que perfecto.1

Por ultimo, el Edén y la tierra deben ser distintos ya que, después de la Caída, Adán y Eva son expulsados del huerto y tienen que vivir en otro lugar. A menos que creamos que fueron enviados al espacio exterior, hay que reconocer que el Edén y la tierra son dos sitios diferentes.

El hecho de reparar en esta distinción afecta toda una serie de conceptos bíblicos y aporta soluciones a algunos problemas teológicos peliagudos. Pero aquí solamente me concierne una cuestión: esa distinción nos ayuda a entender que la tarea original de la humanidad era convertir toda la tierra como el Edén.

Adán y Eva vivían en el huerto y lo cuidaban. Pero el resto de la tierra debía ser sojuzgada. No era algo horroroso (de hecho, Génesis 1 nos dice que era habitable), pero no llegaba a ser como el Edén. Todo el mundo necesita ser como el hogar de Dios. Él podría haberlo hecho por sí mismo, pero decidió crear reflejos humanos de su imagen para que lo hicieran por él. Él lo decretó, y ellos se suponía que debían conseguirlo. Y debían hacerlo multiplicándose y siguiendo la dirección de Dios.

El Edén es donde empieza la idea del reino de Dios, y no es ninguna coincidencia que la Biblia finalice con la visión de una nueva tierra edénica (Ap 21–22).

1 Tomada en su contexto, la descripción de la creación como “buena en gran manera” significa que la creación era apta para ser habitada por el ser humano y para la perpetuación y supervivencia de las criaturas que vivían en la tierra. Si el hagiógrafo hubiera querido transmitir una situación de absoluta perfección—en la que no se carecía de nada o no había nada que necesitara mejorar—habría escogido otra palabra que no fuera ṭob (“bueno”). Existen términos en hebreo como tōm que transmiten el concepto de plenitud (véase The Hebrew and Aramaic Lexicon of the Old Testament [Leiden; Nueva York: Brill, 1999], 1743). La idea de que la declaración de Gn 1:31 (“Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera”) significa que la tierra fue creada en un estado de perfección es muy habitual, y la encontramos desde fecha muy temprana entre los primeros padres de la Iglesia. Pero esta suposición presenta una serie de problemas, de los cuales aquí mencionaré tan solo unos cuantos. Lo que aquí se afirma no es que la creación no se ajustara a la voluntad de Dios. De hecho, la creación era precisamente lo que Dios quería en ese momento. Más bien se trata de que la creación no era todo lo que sí era el huerto del Edén, un contraste que Dios quiso establecer, y que influye en la historia bíblico-teológica. Para un tratamiento completo de esta cuestión, véase Hulisani Ramantswana, “God Saw That It Was Good, Not Perfect: A Canonical-Dialogic Reading of Génesis 1–3” (tesis doctoral., Westminster Theological Seminary, 2010). También aporta algunas perspectivas interesantes la disertación de Eric M. Vail: “Using ‘Chaos’ in Articulating the Relationship of God and Creation in God’s Creative Activity” (tesis doctoral, Marquette University, 2009). Los conceptos de caos y desorden, así como la presentación de la cosmología de Génesis como la llegada del orden, tanto por lo que respecta a la presencia humana como a la construcción por parte de Dios de un templo que sirviera como lugar de descanso y morada de Yahvé, son temas que ha decidido reservar para un segundo volumen. Mientras, son muchas las obras que se ocupan de estos asuntos. Véase, por ejemplo, William P. Brown, The Seven Pillars of Creation: The Bible, Science, and the Ecology of Wonder (Oxford: Oxford University Press, 2010), esp. el capítulo 3, “The Cosmic Temple: Cosmogony according to Génesis 1:1–2:3”; John H. Walton, The Lost World of Genesis One: Ancient Cosmology and the Origins Debate (Downers Grove, IL: InterVarsity Press, 2009); Moshe Weinfeld, “Sabbath, Temple and the Enthronement of the Lord”, Mélanges bibliques et orientaux en l’honneur de M. Henri Cazelles (ed. A. Caquot y M. Delcor; Alter Orient und Altes Testament 212; Kevelaer y Neukirchen-Vluyn, 1981), 501–12.


Heiser, M. S. (2019). El Mundo invisible: Recuperando la cosmovisión sobrenatural de la Biblia. (D. Lambert, Ed.) (Primera edición). Bellingham, WA: Editorial Tesoro Bíblico.

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