Los rivales de las Escrituras

Históricamente, la iglesia cristiana ha reconocido la autoridad de las Escrituras en asuntos de fe y conducta. Esto no significa que no hayan existido, o sigan existiendo, rivales de la proclamación de autoridad plena que hace la Biblia para sí. Estos rivales han tendido a subordinar, condicionar o igualar la autoridad de las Escrituras. El rival más antiguo fue la tradición oral. Junto a la Palabra escrita, circulaban ampliamente relatos y enseñanzas de tipo religioso. Sin embargo, la transmisión oral, cualquiera que sea el tema, está sujeta a alteración, desarrollo, cambio y desviación. Las Escrituras proporcionaron una norma, un punto de referencia para la palabra oral. Por consiguiente, cuando la tradición oral está de acuerdo con las Escrituras, refleja la autoridad de ésta; en cambio, donde se desvía de la Palabra escrita, se desvanece su autoridad.

Una segunda pretensión de autoridad religiosa es la de la Iglesia. Los católicos romanos sostienen esto, porque la Iglesia fue divinamente establecida por Cristo, y proclamó el evangelio antes de que fuera puesto por escrito. Los católicos romanos afirman también que fue la institución la que produjo las Escrituras del Nuevo Testamento, y en cierto sentido, estableció el canon de las Escrituras. En la práctica, la iglesia católica se coloca a sí misma por encima de las Escrituras. Aunque originalmente sostenía la supremacía de las Escrituras, ya en los tiempos de la Reforma había exaltado sus tradiciones al nivel de ellas. Más importante es el hecho de que la Iglesia católica insistía en que las enseñanzas de la Biblia sólo se podían mediatizar correctamente a través de la jerarquía eclesiástica. Sutilmente, la iglesia romana había usurpado la autoridad de las Escrituras y había investido con ella las enseñanzas que ella protegía.

Consecuentemente, el grito unificador de los reformadores protestantes fue el de Sola Scriptura (“Solamente la Escritura”). La Biblia dada por Dios habla directamente a la persona con la autoridad del mismo Dios. “No necesita de papas ni concilios para decirnos, como procedente de Dios, lo que significa; de hecho, puede retar a los pronunciamientos papales y conciliares, convencerlos de ser impíos e inciertos, y exigirles a los fieles que se separen de ellos.”

Cuando la Iglesia habla bíblicamente, habla con autoridad; cuando no lo hace, los individuos están autorizados para rechazar y poner en tela de juicio toda afirmación de autoridad que haga. Éste es el caso, no sólo con respecto a la iglesia católica romana, sino a cualquier voz eclesiástica autoritaria.

En ocasiones, también se ha permitido a los credos, confesiones y demás normas eclesiales, de manera consciente o inconsciente, convertirse en rivales de la autoridad de la Escritura. A lo largo de la historia, las iglesias y sus dirigentes han hablado con todo derecho sobre temas importantes de vida y doctrina. Personas piadosas, altamente dotadas por Dios, se han esforzado por presentar normas cristianas pensadas para reflejar la actitud y la voluntad de Dios. Una y otra vez, se ha acudido a estos documentos en busca de orientación autoritaria. Sin embargo, no cabe duda de que los escritores serían los primeros en reconocer que sus obras son falibles y están abiertas a revisión, aunque es fácil reconocer la importante erudición bíblica que respalda estos importantes escritos. Además, todos los grandes credos de la Iglesia reconocen la autoridad plena de las Escrituras. Estos piadosos esfuerzos son de agradecer. Dios los ha usado para su gloria. No obstante, se les debe mantener en su relación correcta con las Escrituras. Permitirles convertirse en rivales de la autoridad bíblica es destruir su propio valor normativo y rebajar la Palabra de Dios que ellos anhelan honrar. El reconocimiento de la autoridad exclusiva de las Escrituras es el que establece el valor de estas otras normas.

La autoridad de las Escrituras ha sido retada también por lo que algunos conciben como la autoridad del encuentro personal de un individuo con Dios. Es decir, que lo capital es el encuentro de la persona con la Palabra viva, y no su encuentro con la Palabra escrita. Los que sostienen este punto de vista dicen que se puede usar la Biblia para contribuir a que se produzca este encuentro; sin embargo, la Biblia “no tiene autoridad en sí misma, sino más bien en virtud del Dios del que da testimonio, y que habla en sus páginas”. Esto es sutilmente distinto a decir que la Biblia tiene autoridad porque es la Palabra de Dios de una manera inherente. Los existencialistas creen que, a través del encuentro con Dios, “la Biblia debe convertirse una y otra vez en su Palabra para nosotros”.

Es cierto que la autoridad del cristiano es más que papel y tinta, pero “no se puede distinguir la revelación proposicional de Dios … de la autorrevelación divina”. No hay ningún encuentro con Dios cuya autoridad sobrepase la autoridad de su Palabra escrita. De ser así, la “experiencia de Dios” de los místicos hindúes, o de alguien que use drogas alucinógenas podría reclamar para sí la misma autoridad. La validez del encuentro personal con Dios está determinada por la autoridad de las Escrituras que lo revelan. Debemos comprobar y juzgar todas las experiencias personales a la luz de las Escrituras.

Aun el Espíritu Santo ha sido considerado por algunos como rival de la autoridad bíblica. D. Martyn Lloyd-Jones ve al pentecostalismo y al catolicismo romano en los extremos opuestos en aspectos como estructura y jerarquía, pero muy similares en su insistencia sobre la autoridad. El catolicismo insiste en la autoridad de la Iglesia, mientras que algunos pentecostales parecen insistir en la autoridad del Espíritu por encima de la autoridad de la Palabra. Erickson cita una interesante encuesta Gallup de 1979, donde se señala que fue mayor el número de jóvenes de dieciocho a veintinueve años que escogieron al Espíritu Santo antes que a la Biblia como autoridad religiosa principal suya. Algunos elevan una “impresión directa” del Espíritu Santo o una manifestación del Espíritu, como la profecía, por encima de la Palabra escrita. El Espíritu Santo es quien inspiró la Palabra y quien le da su autoridad. Él no puede decir nada contrario a la Palabra inspirada, ni más allá de lo que ella declara.

A estas pretensiones de rivalidad en cuanto a autoridad religiosa, se unen un sinnúmero de religiones y sectas religiosas de todo el mundo. ¿Se debe creer a Jesús por encima de Sun Myung Moon? ¿Tiene el Corán tanta autoridad como la Biblia? ¿Lleva consigo una palabra actual de profecía la autoridad de las Escrituras? Éstas y otras cuestiones prácticas hacen esencial que consideremos seriamente las evidencias a favor de la autoridad bíblica. Virtualmente todas las religiones tienen sus escrituras sagradas. Aunque muchas de ellas puedan contener enseñanzas morales valiosas, el cristianismo ha sostenido históricamente que la Biblia es la Palabra de Dios de una manera única y exclusiva.

Horton, S. M. (Ed.). (1996). Teología sistemática: Una perspectiva pentecostal (pp. 81–84). Miami, FL: Editorial Vida.

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